GO ASK ALICE. THE VOYEUR SIDE OF THE MIRROR

Madrid, 2014

 

En 1967 la cantante estadounidense Grace Slick, natural de Highland Parck (Illinois), invitaba al oyente, desde una de las canciones de su agrupación musical Jefferson Airplain, a que “fuese a preguntar a Alice” (“go ask Alice”) en relación a los cambios de realidad que unas minúsculas pastillas podían producir. Había dos lecturas en aquella letra de la pieza titulada “White Rabbit”: la primera, por supuesto, una referencia directa el universo de dobles realidades que el novelista Lewis Carroll parió para sus obras Alice’s Adventures in Wonderland (1865) y Through the Looking-Glass (1871); la segunda, un homenaje a una de las figuras más destacadas de la contracultura norteamericana, en cuanto a la experimentación por ingesta de sustancias alucinógenas se refiere. Y es que Owsley Stanley (Augustus Owsley Stanley III), conocido en el movimiento por los apodos de Bear o White Rabbit, fue uno de los popes del LSD, una de las piezas clave en la manufactura la Dietilamida de Ácido Lisérgico.

 

Go Ask Alice (The Voyeur Side Of The Mirror) parte, como narraba Carroll en A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, de un viaje iniciático de un lado al otro del espejo; espejo entendido como la realidad pero igualmente como separador, fractura entre la intimidad y la imagen pública. ¿Qué pasa cuando es lo íntimo lo que anuda cuerdas en el grueso de las horas que colman un día completo, una semana, un mes? ¿Cómo explicar que desde ese lugar unitario, compartido estrechamente con otra persona, pueden generarse, pergeñarse, evolucionar realidades más tangibles que las impuestas por los cánones sociales pretéritos?

 

La fotógrafa África Paredes utiliza el espejo como puerta con significado de pasadizo secreto, haciéndonos mirar un reflejo tan real como deteriorado; de hecho, no ansía la pulcritud de la superficie pulida en busca del reflejo inmaculado de la luz, de la nítida imagen. La vida tiene aristas, irregularidades, la tensión del conocerse uno mismo sin llegar del todo a comprender su propio magma, la candente inmaterialidad de la que está hecha la razón humana. Y así, sin sacarnos de la habitación reflejada, juega con las costumbres, los hábitos y las emociones a corta distancia; aunque en ocasiones el misterio puede alumbrarse por medio de escenas inesperadas, embebidas de juegos, mascaradas o simples bromas privadas.

 

Demostrando al final del trayecto visual del espectador –que no de la misma obra, pues la autora no admite verla acabada debido a que Go Ask Alice es una bestia en continua mutación–, en los postres de esta ensoñación tangible, que no son necesarios los alucinógenos químicos de Owsley Stanley cuando ya de por sí el raciocinio se puede desdoblar con la naturalidad del gateo de un bebé.    

 

                                                                   por Sergio Guillén Barrantes

                                                                   Periodista y escritor de libros cinematográficos y musicales

Madrid, 2016

In 1967 the American singer Grace Slick, a native of Highland Parck (Illinois), invited the listener, from one of the songs of her musical group Jefferson Airplain, to "go ask Alice" ("go ask Alice") in relation to to the changes in reality that tiny pills could produce. There were two readings in that letter of the piece entitled "White Rabbit": the first, of course, a direct reference to the universe of double realities that the novelist Lewis Carroll gave birth to for his works Alice's Adventures in Wonderland (1865) and Through the Looking- Glass (1871); the second, a tribute to one of the most prominent figures of the North American counterculture, in terms of experimentation by ingesting hallucinogenic substances. And it is that Owsley Stanley (Augustus Owsley Stanley III), known in the movement by the nicknames of Bear or White Rabbit, was one of the popes of LSD, one of the key pieces in the manufacture of Lysergic Acid Diethylamide.

Go Ask Alice (The Voyeur Side Of The Mirror) starts, as Carroll narrated in Through the Looking Glass and What Alice Found There, of an initiatory journey from one side of the mirror to the other; mirror understood as reality but also as separator, fracture between privacy and public image. What happens when it is the intimate that knots strings in the thick of the hours that fill a whole day, a week, a month? How to explain that from that unitary place, closely shared with another person, more tangible realities can be generated, shaped, evolved than those imposed by past social canons?

The photographer Africa Paredes uses the mirror as a door with the meaning of a secret passage, making us look at a reflection as real as it is deteriorated; in fact, he does not crave the neatness of the polished surface in search of the immaculate reflection of the light, of the sharp image. Life has edges, irregularities, the tension of knowing oneself without fully understanding its own magma, the burning immateriality of which human reason is made. And so, without taking us out of the reflected room, he plays with customs, habits and emotions at close range; although sometimes the mystery can be illuminated through unexpected scenes, imbued with games, masquerades or simple private jokes.

Demonstrating at the end of the viewer's visual journey –that not of the work itself, since the author does not admit to seeing it finished because Go Ask Alice is a beast in continuous mutation–, in the desserts of this tangible reverie, that the Owsley Stanley's chemical hallucinogens when reasoning itself can unfold with the naturalness of a baby's crawling.

 

                                         by Sergio Guillén Barrantes

                                         Journalist and writer of film and musical books